(Zaragoza) Daniel Gascón y Eva Puyó sobre Félix Romeo: dos textos, dos presentaciones, una noche y sus enamorados…

Presentación de Daniel Gascón:

Hola, buenas tardes. Es una gran tragedia que Félix Romeo haya muerto tan joven. Es una gran tragedia sobre todo para él, pero también para la gente que lo quería y que nos hemos beneficiado de su inteligencia infatigable y su entusiasmo contagioso por la cultura, por los afectos y por la vida. Esa personalidad arrolladora a veces puede diluir lo que yo creo que Félix era por encima de todo: un escritor. Y un escritor que, como demuestra este último libro y como demuestran sus colaboraciones en prensa, estaba en plenitud de facultades y tenía todavía muchas cosas que darnos. Sin que sirva para paliar el dolor, es emocionante pensar que Félix Romeo tuvo tiempo de terminar y entregar a su agente un libro tan estremecedor y potente como Noche de los enamorados, un libro en el que creía profundamente y que recoge muchas de las cosas que le preocupaban. He editado bastantes textos de Félix y he estado en contacto directo con muchos de sus editores. Y Félix tenía ese elemento aparentemente caótico y torrencial, pero cualquiera de sus editores reconocerá su profesionalidad, su compromiso con la escritura. Siempre entregaba a tiempo. E incluso al final ha muerto antes de tiempo, pero ha entregado su libro a tiempo.

Como sabéis, Noche de los enamorados habla del compañero de celda de Félix Romeo, Santiago Dulong. Félix lo conoció en la cárcel de Torrero, el 14 de febrero de 1995, donde estaba condenado por un delito de insumisión. Dulong, falangista y católico, había matado a su mujer, María Isabel Montesinos Torroba. Es posible que también hubiera asesinado a su primera mujer. En el juicio, celebrado unos meses después de ese encuentro, Dulong fue condenado “a las penas de treinta días de arresto menor por la falta de malos tratos de obra y un año de prisión menor por el delito de imprudencia temeraria”. Imprudencia temeraria quiere decir aquí estrangularla. Tras ese encuentro azaroso, Félix rumió y convivió, a lo largo de los años, con esa historia y con sus interrogantes: ese crimen y esa convivencia es lo que ha contado en esta novela. La escena del crimen, la primera parte, relata la vida de estos dos personajes y el momento en que Félix conoce a Dulong. La segunda parte, Los hechos probados, se centra en el homicidio y en la sentencia. Noche de los enamorados tiene mucho de investigación, y al leerlo pensaba en los libros de Modiano, uno de los autores preferidos de Félix, o en una de sus series de televisión favoritas, Crímenes imperfectos. Pero sobre todo creo que entronca con la tradición intelectual más noble: la de Voltaire, la de Zola o de Sciascia, donde un escritor detecta una injusticia y la denuncia. También es el relato de cómo se hace esa investigación. Félix entra en los foros de internet de las ciudades donde vivió la familia de María Isabel, pide informes de registro civil, visita la cofradía zaragozana del “Prendimiento del Señor y el Dolor de la Madre de Dios”, a la que Dulong perteneció “devotamente desde su fundación en 1947” y a la que también perteneció María Isabel, repasa el relato de los hechos en los periódicos aragoneses. También aparece otra de las cosas que le interesaban mucho a Félix Romeo: la historia de Zaragoza. Dulong era el bisnieto de Santiago Dulong Serrano, el primer alcalde republicano que tuvo la ciudad, en 1873. Santiago Dulong Serrano estuvo en la cárcel por sus ideas, mientras que su bisnieto fue a prisión por matar a su mujer: ese contraste no se subraya, pero está ahí. Félix Romeo sigue el rastro de Dulong Serrano en los periódicos de la época y en los libros de escritores aragoneses como Juan Moneva y Puyol. En la investigación de la vida de Santiago Dulong y María Isabel Montesinos Félix encuentra muchas cosas, pero también encuentra callejones sin salida, obstáculos burocráticos e incógnitas.

Dice Félix: “Este no es un libro sobre la justicia imposible que se administra sobre los muertos, sino un libro sobre las palabras. Palabras jurídicas. Palabras periodísticas. Palabras médicas. Palabras policiales. Testimonios orales. Palabras al viento, como el que azota ahora las ventanas de la habitación en la que ahora escribo”. Noche de los enamorados es también una forma de levantar las palabras para ver qué hay debajo. Y Félix Romeo, que era un gran aficionado a los diccionarios y escribió muchos, recurre con frecuencia al Diccionario de la Real Academia para buscar las palabras. Arcadi Espada dice que en cuanto detectas lo que oculta un eufemismo, ya lo has desactivado. Ese es uno de procedimientos que emplea Félix, pero no el único. Dice Félix también: “Tengo que agarrar esas palabras que describen lo que sucedió instantes antes de la muerte de María Isabel”. He leído varias veces el libro, y me impresiona su composición: la habilidad con la que Félix juega con los tiempos y con los testimonios, la importancia de los detalles, como la caída del pelo en la cárcel o el pelo que Santiago Dulong le corta a su mujer para dejarla “pelona” y quitarle su atractivo, como el dolor que siente Dulong al orinar y la meada de su mujer en el patio de casa horas antes de morir. Es un libro breve, pero lleno de cosas, donde todo significa mucho y no hay ningún elemento colocado por azar.

Noche de los enamorados también es un libro obsesivo, febril. Félix Romeo tuvo durante mucho tiempo ese caso en la cabeza, y no es difícil imaginarlo escribiendo de madrugada. Pocas lecturas me han transmitido una sensación comparable de intensidad e intimidad. Como en muchos de sus textos, hay un elemento metaliterario, una reflexión sobre lo que está escribiendo y sobre cómo debe leerse. Dice, por ejemplo: “Así que aquí falta su nombre y también falta su versión de la historia, o lo que ahora recuerde de esa historia que sucedió hace dieciséis años y que yo, no sabe por qué motivos, porque yo tampoco los conozco, vengo a remover, y de los que no pueden salir más que moscardas, gusanos y mal olor”. Y este libro, de una manera extraña, es una especie de autobiografía iceberg que casi puede pasar inadvertida porque, quizá al contrario de lo que parecía, Félix Romeo era un hombre muy pudoroso. Aquí Félix habla de su llegada a la cárcel, en unas páginas tremendas sobre el mal olor y la suciedad, que son dos de los temas de Noche de los enamorados. Habla también de su carrera de escritor: ingresa en prisión nada más publicar Dibujos animados. Su segunda novela, Discothéque, aparece también en el libro, porque es una novela que tiene mucho que ver con la violencia y la cárcel y hay un personaje inspirado en Dulong. También aparece Amarillo, el libro donde Félix hablaba del suicidio de su amigo Chusé Izuel. Noche de los enamorados tiene que ver mucho, además, con la escritura esencial y testimonial de Amarillo. Aparece también el programa de televisión La Mandrágora. Y aparece su novia, la pintora Lina Vila, que le ayuda en la investigación y ha hecho una portada en perfecta sintonía con Noche de los enamorados. Ismael Grasa ha dicho que es el libro del hijo de un policía, y creo que es una observación brillante: es una investigación corregida. También creo que Dulong es una especie de retrato en negativo, de opuesto o, como se dice en la Guerra de las Galaxias, de reverso tenebroso de un hombre enamorado del amor, que presumía de que tenía el nombre muy bien puesto: “Feliz Romeo”. Hay un momento en el que Félix se pregunta por qué le atrae esta historia y habla de “asomarse a un espejo oscuro”.

Félix Romeo tenía una idea moral de la literatura. La hemos visto en sus libros y en sus críticas. Una vez me dijo, en La Caja de los Hilos, “La literatura se escribe contra el mal”. No creo que este libro sea una manera de ajusticiar a unos difuntos y no me cuesta nada imaginar a Félix huyendo de cualquier interpretación solemne, pero creo que sí que es un libro sobre la justicia, y en cierta manera un intento de reparación. Félix Romeo habla de: “la evidencia de que la víctima se ha convertido en culpable. Ha pasado a ser la responsable de su asesinato. La que va a ser realmente juzgada”. Es un libro humanista, valiente y generoso: es la defensa de una víctima, no solo ante su asesino, sino ante la pereza, el apriorismo, la negligencia y la indiferencia que conspiran para admitir que, más o menos, Dulong solo dio un empujón a su mujer hacia la muerte. Es un libro contra la clasificación y la generalización: contra el psicólogo que, cuando le entrega un test a Félix en la cárcel y él se niega a responderlo, dice que ya se lo esperaba. Contra los policías que dicen que están hartos de tener que ir a casa de Santiago Dulong y que la próxima vez que los avisen sea cuando haya sangre. Es decir: una exprostituta, alcohólica y probablemente infiel, una mujer por cuyo asesinato no protesta nadie, también tiene dignidad. Por supuesto, no merece que la maten; pero, además, no merece que la juzguen por su forma de vida. Creo que esa es una de las cosas que quería decir Félix con este libro. Y quizá parezca una obviedad, porque España ha cambiado en estos dieciséis años, pero el mismo Félix decía a menudo que muchas veces olvidamos cosas obvias que son también esenciales. Noche de los enamorados, en cierta manera, reconstruye esa dignidad violada: lo hace recreando el crimen, desmontando el descuido y la parcialidad de la investigación, pero también especulando sobre la vida de María Isabel o emparentándola con personajes de la historia y la literatura, como Frida Kahlo, Artemisia Gentileschi, Sherezade u Ofelia. Esas referencias son todo lo contrario de la pedantería: son una forma de reconocer la humanidad de esa persona. Porque creo que Félix pensaba que la literatura sirve precisamente para eso: para revelar nuestras aristas, para mostrar la complejidad de todos, pero también una dignidad que es al mismo tiempo individual y universal, común a todos. A veces, para mostrarla solo hay que saber mirar, ser capaz de ver. Y por eso Noche de los enamorados es un libro perturbador, obsesivo y profundamente moral: en cada una de sus páginas oigo hablar a nuestro amigo de cosas que le importan a él, y, como tantas otras veces, su voz imprescindible, hermosa y clara me recuerda que nos importan también a todos.

Presentación de Eva Puyó

Félix decía que había que celebrar las cosas buenas de la vida.  No sé cómo hubiera querido presentar Noche de los enamorados, pero, de lo que estoy segura, es que ésta es una de las cosas buenas de la vida que hay que celebrar.

Cuando nos enteramos de la muerte de Félix, algunos de sus amigos descubrimos entonces que había dejado terminada la novela sobre su compañero de celda, Santiago Dulong, de la que nos había estado hablando hacía tiempo. El dolor de haber perdido a nuestro amigo no lo puede compensar esta novela, claro está. Pero sí que puedo decir que cuando la leí sentí una alegría inmensa. Creo que es uno de sus libros más maduros, más pensados, más coherentes y más trabajados. Aunque de esto nos hablará después Daniel Gascón. Al mismo tiempo que sentía una gran alegría también sentía dolor, ya que no podía contarle a Félix lo mucho que me había gustado, y enfado, porque él no iba a poder disfrutar del éxito de este libro.

No quiero pensar ahora en qué hubiera hecho Félix de haber vivido más tiempo. No quiero pensar en lo que no ha escrito. Como él mismo nos decía a veces, los libros no se escriben en la cabeza. Quiero pensar en los cuatro libros que escribió, y que han sido publicados, y cómo con cada uno de ellos ha ido abriendo camino: un camino personal, radical y exigente, como sólo puede serlo el de un verdadero escritor. No hace falta decir que, con esos cuatro libros, Félix ha aportado más a la literatura que muchos escritores con cientos de ellos.

He hablado a menudo con amigos de cómo a veces al tener tan cerca, tan “a mano”, a una persona brillante puede ser que no te percates de su excepcionalidad. No era el caso de Félix. Todos sabíamos que era alguien excepcional. A su muerte, la cantidad de manifestaciones que hubo en prensa, en los blogs y en Facebook no hizo más que confirmarnos que, como en la teoría de cómo se escribe un buen cuento, lo que nosotros conocíamos de Félix tan sólo era la punta de un iceberg. Por debajo de lo que veíamos había una enorme masa, como de diez veces su tamaño, de generosidad, inteligencia, talento y humor. Algunos de estos textos se han recogido en el libro ¡Viva Félix Romeo!, editado por Mondadori y que acompaña a Noche de los enamorados, en el especial de la revista Letras libres y en un número monográfico de Rolde. Todos, además, le hemos rendido de una manera u otra nuestros homenajes privados y públicos, como el que realizó al poco de su muerte Proyectaragón o el que va a tener lugar dentro de unas semanas en París.

Daniel Gascón me contó una vez que, a diferencia de otras personas, él no recordaba la primera vez que conoció a Félix. Por tanto, en su caso, Félix siempre ha estado presente desde que tiene uso de razón. Quizás por ese motivo, Daniel tituló el artículo que escribió para un periódico tras su fallecimiento, “Un mundo sin Félix”.

Yo sí que recuerdo cuándo conocí a Félix y puedo darme cuenta de lo importante que pasa a ser en tu vida. Creo que Félix era conocedor de su talento y de su enorme carisma, pero no le gustaba la veneración. Él sentía demasiado respeto por las personas como para aceptar colocarse en un pedestal y estar rodeado de adoradores. Él establecía una relación de tú a tú, tanto con escritores consagrados, como la poeta polaca Szymborska o Jorge Semprún, a quienes entrevistó, como con escritores jóvenes que comenzaban.

Era un chico de barrio, de Las Fuentes. Nos demostró a todos lo que puede hacer una persona de forma prácticamente autodidacta. Él se sentía afortunado y creía que la vida le había tratado bien. Pero todos sabemos que nada le fue regalado. De su juventud de lector voraz, de crítico precoz y brillante, de rastreador de escritores olvidados en librerías de viejo, me han hablado amigos suyos más antiguos, como Pepe Melero, Antonio Pérez Lasheras, Ignacio Martínez de Pisón o el propio Luis Alegre, quien nos acompaña como presentador.

De Félix se ha dicho que fue un puente entre generaciones, entre lo antiguo y lo nuevo. También fue un puente entre personas. Muchos de los que estamos aquí seguro que fuimos presentados en alguna ocasión por él, con su memoria prodigiosa para los nombres. Puso en contacto a escritores, pintores, cineastas, galeristas, gestores culturales, editores, ilustradores, libreros, periodistas, bibliófilos, poetas y músicos, en una especie de cadena sin fin. Regalaba ideas sin parar. Animaba a iniciar negocios y proyectos. No creía en los páramos desiertos con iluminados. Creía que cuantos más fuéramos, la ciudad, nosotros mismos y nuestras obras  serían mejores.

Amaba con locura a Zaragoza y por eso sufría cuando la ciudad a veces no seguía su ritmo. A su vez, aprovechaba cualquier oportunidad para coger el avión o montarse en el coche de su pareja o amigos para visitar otras ciudades. En esas otras ciudades veía a Zaragoza y en Zaragoza veía a esas otras ciudades. También le gustaba mucho Madrid, la ciudad en la que vivió durante cinco años mientras dirigía el programa cultural “La Mandrágora”, y donde murió a los cuarenta y tres años, cuando acudía a los actos del décimo aniversario de Letras libres, revista en la que colaboraba.

Cambió completamente el sentido de la expresión “escritor provinciano”. Él era un escritor provinciano tremendamente cosmopolita. Mallén, Los Monegros, Garrapinillos, Huesca, Ejulve, el Moncayo, Salou, Jaca, Montemolín o Zaragoza aparecen en los libros de los escritores a los que de una manera u otra influenció al lado de París, Burdeos, Nueva York, Lisboa, Norwich, Londres o Nueva Zelanda.

Descubrió escritores en personas que quizás no se hubieran atrevido a serlo. También ayudó a muchos en los talleres de escritura que impartió. Solía utilizar en las primeras sesiones un juego-práctica tan sencillo como prodigiosamente efectivo: los “me acuerdo”, al modo de Perec. Estos “me acuerdo” combinan la literatura, la vida y la forma, tres de las cosas que más le interesaron a Félix de la escritura. Uno de los mejores consejos que recuerdo que daba es: “nadie va a escribir por ti”.

Hablaba muchas veces de heridas que no se cierran y del dolor fantasma de los miembros amputados. A su vez, era capaz de hacer los chistes más malos del mundo. Las fiestas no eran lo mismo sin él. Era el gran defensor de la alegría y creo que era algo, la alegría, que se exigía a sí mismo. No creía en la cultura de la queja. Pensaba que los buenos libros o los buenos cuadros encontraban siempre su sitio. Como dijo su compañera, la pintora Lina Vila, en una entrevista reciente, creía que siempre debías dar lo mejor de ti mismo, expusieras en el Reina Sofía o en un bar de tu ciudad.

El amor fue otro de los grandes motores de su vida y eso lo saben bien quienes fueron su pareja, Cristina Grande y Lina Vila.

Era un polemista que, por encima de todo, defendió la importancia de la libertad y de la democracia, y nos hizo darnos cuenta de lo afortunados que éramos por vivir en un país y en una época como la actual. También era capaz de discutir sobre temas aparentemente menores y que luego se revelaban importantes. Argumentaba con el mismo entusiasmo y la misma exigencia cuando lo hacía en foros profesionales, como los debates televisivos o los artículos de prensa, como en una cena entre amigos o con una persona a la que apenas conociera. Creo que era su forma de demostrar respeto hacia el otro. Desenmascaraba a cínicos con un argumento irrefutable: “quiero para los demás lo mismo que quiero para mí”.

A muchos de nosotros nos descubrió a autores como Natalia Ginzburg, a quien tradujo, Sandra Cisneros, Annie Ernaux, Valérie Mréjen, Sherman Alexie, Junot Díaz, John Fante, Tobias Wolff, Abdelá Taia y tantos otros. Fue una especie de precursor de Facebook. Si Félix decía “me gusta”, corrías a comprar el libro, a ver la película, escuchar el disco o visitar la exposición, seguro de que ibas a encontrar algo interesante. Realizaba recomendaciones en bares, en librerías, durante sus largos paseos por la ciudad, a través de un correo electrónico, en los programas de radio en los que colaboraba, como Radio3, o en sus reseñas de los suplementos Artes y Letras de Heraldo de Aragón y ABC Cultural. También fue un crítico valiente y no se permitió la autocensura a la hora de poner reparos a escritores conocidos o a libros publicados por editoriales importantes.

Le gustaban los abecedarios porque imagino que eran su pequeño homenaje a las palabras, a la literatura y a la escritura, que tan importantes eran en su vida. Uno de sus principales miedos era quedarse ciego y no poder leer. Le gustaban las listas y las enumeraciones, y creo que la lista más larga que llegó a elaborar y que se ha quedado incompleta es la de todos los amigos que le tratamos y le quisimos.

Por encima de todo, fue nuestro amigo querido.

Cuando mi novio, Ismael Grasa, y yo nos enteramos de que Félix había muerto una de las primeras frases que dijimos es: “se ha acabado todo”. Como si no sólo hubiera desaparecido Félix, sino también todo ese mundo que a veces daba la impresión que hubiera creado él y que parecía sostener como un titán sobre sus hombros. La mirada y la presencia de Félix estaban en las calles, en los edificios, en los restaurantes, en las páginas del periódico, en los libros que leíamos, en prácticamente cada esquina. Afortunadamente, no es verdad que haya desaparecido todo. Pero sí que es cierto que él ha contribuido a que la ciudad, la literatura y nosotros mismos seamos mejores. Y creo que hoy hemos venido aquí en buena medida para decirle: “Gracias por tus libros, gracias por todo. Te queremos y te echamos mucho de menos”.

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