
EL HOMBRE QUE MATÓ A LIBERTY (FOSTER) WALLACE O EL SUICIDIO COMO TÉCNICA NARRATIVA. OTRO EJEMPLO MÁS DE LA POROSIDAD DE CIERTAS FRONTERAS
Ahora estamos llegando a la parte en que por fin me mato. (DFW: “El neón de siempre”, en Extinción, p. 215)
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[Escribo este encargo con el inicio de septiembre, a punto de salir al mercado El rey pálido. El día 12 es mi cumpleaños. El día 12 se quitó la vida David Foster Wallace. En septiembre. A la misma edad que cumpliré yo dentro de doce días.]
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Mi mujer me encontró en la cocina de mi casa, con los ojos abiertos de un narrador omnisciente, con una nevera que fabrica cubitos de hielo, con la piel levemente pálida como las princesas del Magic Kindom, con una gatera que da al backyard donde corretea una insolente perra alaskan klee kai a la que llamamos Oprah aunque Karen habría preferido un chesapeake retriever, con la mirada extraviada entre el estar y el ir, con una sartén sin fregar donde preparábamos waffles o gofres porque son lo mismo aunque uno venga del francés gaufre y el otro venga del neerlandés wafel o del franco wafla y en las películas lo traduzcan con un inane tortitas que nada dice, con una camiseta de mangas recortadas y un pantalón corto a cuadros, con un tarro abierto de mantequilla de cacahuetes para el almuerzo de los niños, con la cabeza ladeada mirando hacia la ventana como un Cristo tricolor pintado por Warhol viendo pasar la vida por las rejillas de la persiana como en un storyboard, con el cesto de la ropa sucia que compramos en Wall-Mart y que quedé en bajar al basement donde está la lavadora, con los dedos de la mano izquierda aferrándose al aire de mi vuelo, con una repisa repleta de botes de salsa Paul Newman pero también de especias compradas en la tienda de delicatessen de Claremont, con las botas de cuero sucias pero las hebillas y remaches limpios para la ocasión, con la mesa cubierta de las tazas de desayuno que compramos en nuestra última visita a Disneyland, con los labios azules y este sol que no mancha, con un blues sonando en la emisora de radio Chicago Blues Explosión conectada a través de internet porque me acostumbré a escucharla mientras viví en Illinois, con una cuerda alrededor del cuello que no era una teoría sino la salida de un agujero negro, con un cuaderno de notas abierto sobre la encimera y en la página señalada con un arrugado marcapáginas de la última novela de Franzen uno de esos juegos de palabras que tanto nos gustaba practicar en las cenas familiares de mi infancia: “Living in China, your life is a wok in progress”.
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En el número de abril de 2011 Jonathan Franzen, el último novelista en la portada de la revista Time, el autor de la penúltima gran novela americana, el descarado que se negó a asistir al programa de Oprah, el chico que elegirá Harold Bloom para aliñar su ensalada de canónicos, publica en la revista The New Yorker su viaje del mes de enero a Más Afuera, un islote chileno de origen volcánico en el archipiélago de Juan Fernández. Una isla ahora conocida como Alejandro Selkirk (a.k.a. Selcraig) en honor al viajero escocés que naufragó en estas islas a principios del siglo XVIII y que permaneció allí durante más de cuatro años, una experiencia que, muy probablemente, sirviera como modelo del personaje y las peripecias de Robinson Crusoe. A esta isla ha ido “the great american novelist” a esparcir algunas de las cenizas de su querido amigo, un hermano. Y para escribir un artículo para The New Yorker.
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Sé que esta parte es aburrida y que probablemente le esté aburriendo, pero se pone más interesante cuando llego a la parte en que me mato y descubro lo que pasa inmediatamente después de que una persona se muere. (DFW: “El neón de siempre”, en Extinción, p. 179)
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Se sabe que Wallace, muy amable y querido por sus amigos, pero fuertemente depresivo, poseía una fuerte compulsión al suicidio (Wikipedia)
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La persona deprimida sufría una angustia emocional terrible e incesante, y la imposibilidad de compartir o manifestar esa angustia era en sí misma un componente de la angustia y un factor que contribuía a su horror esencial. Sin esperanza, por tanto, de describir la angustia emocional o de transmitir su magnitud a quienes la rodeaban, la persona deprimida se limitaba en cambio a describir circunstancias, tanto pasadas como presentes, que de alguna forma estuvieran relacionadas con esa angustia, con su etiología y sus causas, esperando al menos ser capaz de comunicar a otros una parte del contexto de la angustia, su –por decirlo de algún modo- forma y textura. (“La persona deprimida”, en Entrevistas breves con hombres repulsivos, p. 46)
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Por decirlo en pocas palabras, a Agon M. Nar se le invitó a que imitara a Dios. A que representara la Historia. A que, por poner un ejemplo, combinara la caída de Lucifer & la ascensión de Epito en una parábola del estilo Dinastía acerca del parricidio de Cronos. Oprah como Isis, Sigurd como JFK & todos unidos en la diversión, he ahí la clave. Hacer que fuera ligero, autoparódico, cantaba Codependae con la voz triple de los Stanley en un sueño de Nar. Que los héroes contaran “sus historias personales” & de ese modo su confabulación de mitos con hechos reales & de lo clásico con lo posterior a la Ilustración revelaría un significado & estimularía a las cuotas de mercado. & podría haber anuncios sobredimensionados para jóvenes ad infinitum, himnos de modo para Baco & Helena & el ultracachas Thor. & los rendimientos de los viejos bucles camp de la BBC se podrían reinvertir en reproducciones míticas deliberadamente baratas & teatrales de CS&N/Telefemo, remakes originales que a su vez podrían reponerse una & otra vez, muy tarde de madrugada, a eso de las 4 o las 5 de la mañana, dirigidas por láser a aquellos repetífilos insomnes precable que no podrían evitar quedarse hipnotizados mirando. (DFW: “Tristán, he vendido a Sissee Nar a Ecko”, en Entrevistas breves con hombres repulsivos, p. 244)
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David Foster Wallace nació en Ítaca (que hoy es Nueva York, ya se sabe) y murió en Claremont (California). Odiseo contemporáneo. De la patria homérica al monte claro del Olimpo. En medio, el Medio Oeste norteamericano, con sus ferias estatales, sus campus de novela, sus maizales interminables, sus casas de madera roja, sus tornados, sus gordas permanentadas, sus granjeros con viseras de John Deere, sus fáciles creencias incontestables. Más o menos: “Los habitantes del Medio Oeste rural viven rodeados de tierra despoblada, aislados en un espacio cuyo vacío acaba siendo tanto físico como espiritual. No es solamente la falta de gente lo que hace que uno se sienta solo”. (DFW: “Dejar de estar bastante alejado de todo”, en Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, pp. 111-112).
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He aquí cómo no pensar en nada de esto practicando y jugando hasta que todo funciona con piloto automático y el ejercicio inconsciente del talento se convierte en un modo de escaparse de ti mismo, un prolongado sueño despierto de puro juego. La ironía es que esto te hacer ser muy bueno en todo y empiezas a ser considerado un prodigioso talento del que debes estar a la altura. (DFW: La broma infinita, p. 200)
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Pero vine a morir a California. Dejé los tornados y los tractores. Vine para no ser el poeta americano de cincuenta y seis años, porque sabía que la muerte no es el final. Vine hacia el oeste, porque hacia el oeste, el avance del imperio continúa.
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Una obra de ficción es una conversación que permite enfrentarse a la soledad esencial que se da en el mundo. Entre los seres humanos se da una situación de incomunicabilidad de emociones. La comunicación entre el creador y el lector es algo extraordinariamente misterioso. La buena literatura provoca una experiencia que permite trascender el aislamiento de orden subjetivo. (DFW: “Entrevista de Eduardo Lago en Babelia”, sábado 23 de noviembre de 2002, pp. 2-3)
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Conocí la obra de David Foster Wallace por las casualidades bibliográficas. Un trabajo académico sobre el concepto teórico-literario de “la muerte del autor” me llevó a toparme con una reseña que Wallace hizo del valioso estudio de H. L. Hix Morte d’Author: An Autopsy (Temple University Press, 1992). La publicó finalmente en el volumen de “ensayos y opiniones” Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer (1997 en su edición americana). Aparecen por allí Barthes y Foucault, De Man y Derrida, la Nueva Crítica y Nehamas, Husserl, Brentano, Heidegger, Hegel, Mallarmé. Y se enfanga Wallace con la viabilidad metafísica del autor, el yo del escritor, la determinación del significado, la responsabilidad autorial, la falacia intencional, la deconstrucción y el postestructuralismo, la escritura, la diferencia entre intención y significado. DFW comprende, analiza, muestra las costuras del libro de Hix (dice cosas como: “Lo que Hix ofrece como resolución del debate es la combinación de una metafísica derridiana que rechaza los presupuestos de la presencia causal unificada y un método analítico wittgensteiniano de tratar los hábitos reales del discurso como piedra de toque para adivinar qué quieren decir y cómo actúan ciertos términos.”), pero lo hace con un estilo que no era el previsible. Allí, en estos ensayos y opiniones está el estilo. Y el estilo, aunque muchas veces este argumento lo mortificara, era su imagen de marca. Continuar escribiendo, desmontar su propio edificio narrativo -Sísifo condenado, Ariadna persistente-, hacer de la redundancia un modelo de claridad, y pensar en el ser humano del presente, en sus adicciones, en las pantallas que se interponen en su forma de mirar y sus sentimientos, y sufrir con él… con ironía. Como una broma. Pero sin serlo.
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He aquí cómo no pensar en nada de esto practicando y jugando hasta que todo funciona con piloto automático y el ejercicio inconsciente del talento se convierte en un modo de escaparse de ti mismo, un prolongado sueño despierto de puro juego. La ironía es que esto te hacer ser muy bueno en todo y empiezas a ser considerado un prodigioso talento del que debes estar a la altura. (DFW: La broma infinita, p. 200)
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Por no mencionar la cuestión de si no estoy acaso soltando una trola cuando digo que sé lo que pasa: si realmente me he suicidado, ¿cómo puede usted escuchar esto? En otras palabras, soy un fraude. No pasa nada, no importa realmente lo que usted piense. (DFW: ”El neón de siempre”, en Extinción, p. 190).
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compulsión.
(Del lat. compulsĭo, -ōnis)
1. f. Inclinación, pasión vehemente y contumaz por algo o alguien.
2. f. Der. Apremio que se hace a una persona por parte de un juez o de una autoridad, compeliéndola a realizar algo o a soportar una decisión o una situación ajenas.
(DRAE)

Muy bien, muy bien