Alejandra Pizarnik por Laura Rosal
{Fragmentos para dominar el silencio} Silencio es Soledad. Memorizo tus labios y hago sangrar los míos: muerdo histérica la herida. Para dolerme, para morirme, te leo, Alejandra.
A la mañana, anorexígenos; a la noche, afilarse la boca. El insomnio efervescente. 1936 + 36 años de qué vida. Decides la muerte a cada suspiro (es cierto, existe la belleza del asesinato). Tu infancia tiene la cara arrugada y camina con dificultad. Buenos Aires es desarraigo, es mente flotando y es droga. Pájaros deshuesados entre líneas. Pájaros y jaula y el suicidio del viento.
Cuando el lenguaje es narcótico, herramienta, autoengaño, base. Cuando el lenguaje cercena la lengua. ¿Acaso intentabas adelgazar el esqueleto?
Exploras la conciencia a ciegas, arañando los surcos del cerebro. Siempre la noche siempre. Un perpetuo extrañamiento hacia la voz. ¿Deletreas el miedo a qué cosa? 25 de septiembre de 1972. Cincuenta pastillas de color lila y solo quedará ceniza.
Hoy tengo ganas de arrancarme la piel: de las ‘niñas Amélie’ a las ‘niñas Pizarnik’: la sangre está de moda. La muerte os sienta tan bien. La muerte es dulcísima y lánguida. Entre todos alabamos las ojeras, los dedos agrietados y ágiles. La palabra oscura de una oscuridad virgen y sorda.
¿Cómo seremos capaces de encontrar la elegancia entre la mierda?
Podría lamerte entera como una cicatriz, podría pronunciarte con todo el cuerpo entintado. Pero ahora, lo confieso, prefiero morir contigo.

