“Telegraph Avenue”, de Michael Chabon

Por Benito Garrido.

¿Dónde está Telegraph Avenue? ¿Qué es Telegraph Avenue? Con ese nombre no solo se identifica una importante arteria que une dos grandes ciudades, la más históricamente obrera Oakland, y la más universitariamente burguesa Berkeley, sino que también muestra un espacio donde los hombres se olvidan de colores de piel para compartir amistad, aficiones musicales y luchas vitales. Entre las numerosos comercios, restaurantes y librerías que en el año 2004 pueblan Telegraph Avenue, encontramos Brokeland Records, una tienda de discos de segunda mano, paraíso de un público variopinto de amantes de la música, sobre todo del jazz, el soul o el funk, que está regentada por dos antiguos músicos devenidos en comerciantes, uno afroamericano y mujeriego, Archy Stallings, el otro judío blanco y temperamental, Nat Jaffe. El pequeño negocio de estos dos amigos se ve inesperadamente amenazado, cuando el empresario Gibson Goode decide abrir a solo dos manzanas un centro comercial en el que va a instalar una nueva tienda Dogpile, especializada en música y videos. Este es el punto de partida de una historia en la que Chabon vuelve a atrapar al lector con una prosa sorprendente, ingeniosa y cargada de fuerza, diálogos y situaciones que parecen querer emparentar con una versión cinematográfica de Tarantino, pero sin tanta violencia.

Mientras Archy y Nat, tratan de imponerse al gran comercio jugando sus bazas entre los clientes habituales y el concejal del distrito, sus respectivas esposas, Gwen y Aviva, se enzarzarán también en otra lucha, ésta quizás aún más épica: ambas, comadronas desde hace años en la ciudad, emprenden una batalla legal por su existencia profesional que pondrá a prueba los límites de su amistad. El embarazo de Gwen hace que el infiel Archy se plantee su nueva paternidad, sobre todo ante el ejemplo de un padre drogadicto e irresponsable que le abandonó cuando era aún pequeño. De esta manera, el autor profundiza todavía más en las relaciones interraciales y en el tema de la paternidad, ejes vertebrales de una historia que se complica cuando surge Titus, un adolescente que dice ser el hijo ilegitimo de Archy, y del que Julie, el hijo de Nat y Aviva, está perdidamente enamorado. Telegraph Avenue se convierte entonces en una divertida y aguda novela sobre el problema de ser padre, como esa inestable actitud muchas veces difícil de asumir, y el problema de ser hijo, otra compleja posición ligada más a las exigencias reprimidas que terminan por detonar.

Telegraph Avenue también es un profundo y esperanzador alegato acerca de la amistad, de la obstinada lucha que emprenden algunas personas por mantenerla, con independencia del color, el carácter personal o la inclinación sexual. La angustia que ya de por sí supone a los personajes superar los inesperados baches que les impone el destino, se torna en bronco conflicto cuando se juega con la solidaridad racial o los planteamientos racistas. La novela también entra de lleno en el mundo de las relaciones de pareja, y en los prejuicios que tanto pesan, aquellos que amparándose en el miedo natural a los cambios, pueden limitar la comprensión de las cosas; recelos que finalmente terminan por dejarse a un lado para recuperar afectos y limar resentimientos. En ese sentido la novela configura una obra narrativa afable, constructiva, convincente y pleno de un entretenimiento digno de su autor.

El mejor Chabon, el del Pulitzer por Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Mondadori, 2002), vuelve a latir en las páginas de esta novela. Y si en aquella se valía del mundo del cómic para analizar las preocupaciones que agitaban al americano medio en los años que rodeaban la segunda guerra mundial, aquí retoma el pulso de la vida del estadounidense pero desde un punto de vista más actual, con el despegue de la gran revolución tecnológica que supuso internet. En una clara pasión por esas ciudades que asemejan pequeños universos humanos, Chabon nos remite a una realidad social que transita diariamente por las calles, la de una cotidianidad afectada por problemas como la corrupción, el racismo, la homofobia, la mentira, o algunos más familiares como el machismo, el silencio o la infidelidad.

El tono de la novela sigue siendo tan cercano y coloquial como el de sus anteriores libros, pero aquí el autor potencia el tratamiento irónico para sacar punta a las situaciones más infortunadas. La narración alterna los vivos y ocurrentes diálogos con las descripciones y reflexiones más intensas, para de esta forma ajustar el ritmo a la evolución interna de los personajes. En ellos, la identidad sexual, el color o los hechos del pasado, dejan de ser una carga para convertirse en eso que indefectiblemente complementa a las personas. Pero si hay algo que transpira realmente entre los interlineados de este libro, aparte de las sensaciones y afectividades, es la música. Es cuestión, de coger papel y lápiz, y conforme se va leyendo, ir anotando…

Michael Chabon se dio a conocer, literariamente hablando, con los relatos que a mediados de los ochenta publicaba en la revista New Yorker. Si ya empezó a ser reconocido como autor con sus primeras novelas, Los misterios de Pittsburgh (1988) y Chicos prodigiosos (1997), fue con la tercera, Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Premio Pulitzer 2001 a la mejor obra de ficción), con la que alcanzó su consagración. Le siguieron Summerland (2003), La solución final (2007) y El sindicato de policía Yiddish (2008), ganadora de los premios Hugo y Nebula de ese año. También escribió libros de relatos: Un mundo modelo (2003) y Jóvenes hombres lobo (2005). Algunos de sus libros han sido trasladados a la gran pantalla. Así, Chicos prodigiosos fue llevada al cine por Curtis Hanson en el año 2000, y Los misterios de Pittsburg por Rawson Marshall Thurber en 2008. Incluso los hermanos Cohen planearon adaptar El sindicato de policía Yiddish, pero el proyecto al final quedó aparcado por problemas de agenda. La vena cinematográfica de las obras de Chabon no queda ahí, pues Cameron Crow ha mostrado verdadero interés por rodar la versión cinematográfica de Telegraph Avenue, aunque para eso todavía habrá que esperar un tiempo.

“Restos humanos”: conversación entre Jordi Soler y Benito Garrido

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Jordi Soler recupera la vía del humor para contar la historia de un santo, de los de larga barba, túnica y sandalias, que en su afán por predicar, termina viéndose envuelto en una trama de corrupción, tráfico de órganos, y mafias rusas. La voz narradora de un periodista especializado en historias excéntricas, será la que nos guíe por la vida y obras de este santo que superado por la circunstancias, arroja luz y contraste a ese mundo oscuro e inmoral hacia el que inevitablemente se ve arrastrado. Novela esperpéntica que es fiel reflejo de una realidad a la que el autor solo puede enfrentarse desde el humor y la parodia, desde la visión más irónica, ingeniosa y grotesca.

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P.- Se está viviendo un momento en que los medios no paran de denunciar continuos casos de corrupción y oscuros negocios entre las más altas esferas políticas, sociales y profesionales. Con una narración plagada de humor, ironía y personajes extremos, Restos humanos entra de lleno en el tema. ¿Olfato periodístico o puro afán de contar?

Un poco de todo eso. En realidad las novelas son instinto y trabajo, luego ya vas vistiendo las ideas, argumentando y atornillando temas, pero todo es muy instintivo. Por otra parte, las novelas también son, o por lo menos las que a mí me gustan, las que te cuentan una parte de la realidad, aún cuando sean ficción. Mi idea al escribir sobre de la corrupción, uno de los fondos principales de la novela, partía de algo que nos han contado toda la vida, y es que “el que la hace la paga”, pero finalmente nos damos cuenta de que no es así. La paga el que se descuida, pero perfectamente puedes ser un corrupto toda la vida y morir en tu cama. No pasa nada, como se demuestra de manera literaria y narrativa en la novela. Pero esto no es algo que solo pase en este país, está sucediendo en casi todos los países. Tengo la impresión de que la corrupción es el aceite de la maquinaria social de los países, que si no hubiese corrupción las cosas no funcionarían. Así por ejemplo, el santo, mi personaje, es un tío que se empeña en un oficio excéntrico que requiere de mucha voluntad y convencimiento, y además que desarrolla de manera gratuita. En un mundo así, el que trabaja gratis genera ganancias a su alrededor de las que alguien se está aprovechando; y esto también es un reflejo del mundo en que vivimos. El empeño del santo también se parece al de los novelistas: hacer algo tremendamente minoritario que le interesa cada vez a menos gente, y que está atacado por la piratería, por la economía que se derrumba. Y sin embargo, los novelistas seguimos empeñados… Yo mismo me veo como si fuese un santo con túnica y sandalias que va predicando por El Corte Inglés las bondades de su novela.

P.- Para hablar de esa corrupción que domina la sociedad, te vales de la esperpéntica vida de un santo incomprendido, confiado e ingenuo al estilo Jesucristo Superstar, ¿por qué precisamente de esta figura tan poco habitual hoy día?

Sí, es poco habitual porque no se usa, no porque no venga al caso. El santo es metáfora de muchas cosas, y a mí me sirve como contraste perfecto para el mundo que voy narrando en esta novela, un mundo lleno de oscuridad, de corrupción, de tráfico infame (el de órganos). El santo es el que pone la alquimia, el contraste, la luz de la novela, aún cuando es un hombre muy torcido. No es que sea Jesucristo, pero confía en valores que se van recuperando: la solidaridad con el otro, la amistad, la curación vía la conversación, el pensamiento mágico… al no ser religioso tiene todo el disco duro disponible para el tarot, la astrología, la lectura mágica del mundo, ese tipo de cosas.

P.- El humor y lo grotesco de los personajes se mezcla con lo terrible que tienen algunos temas como el tráfico de órganos. ¿Piensas que este es el mejor camino para hacer crítica social?

Sin duda. Los novelistas escribimos siempre la novela que debemos escribir, que es la que en el fondo podemos escribir. No hay más que una manera de contar la historia que tienes en la cabeza, sino la novela falla, no funciona. Y a mí me pareció desde el principio que para tratar este tema tan profundamente oscuro, había que abordarlo desde el humor, algo que a mí personalmente me gusta mucho, tanto escribirlo como leerlo. Aprecio mucho a los escritores que hacen reír, pues no es una tarea fácil, y además el humor tiene cierta penalización en el mundo literario en español, de hecho hay muy pocos autores que lo hagan (Valle Inclán, Eduardo Mendoza); mientras que en el inglés el humor es toda una categoría literaria. Es muy complicado hacer reír pues se puede caer en el humor fallido o incluso en la incomprensión, que es peor todavía. Todas mis novelas, hasta cuando tratan temas tan graves como la guerra civil o el exilio, tienen una parte de humor, mientras que en Restos humanos el humor es el vehículo que ocupa todo; de pronto se reflexiona con seriedad para contrapesar la riada de humor que es la novela.

P.- “El mal es aparente y el bien una ilusión”, reflexionas en tu libro. ¿Entender esa máxima es quizás la única manera de aceptar que en la vida cotidiana son habituales los comportamientos inmorales?

Creo que sí. Yo escribo novelas para entender lo que está sucediendo, y una vez escrita ésta, me quedó claro que, aunque nos han contado otras cosas, el mundo es así. Los curas nos han dicho que hay justicia, que ésta es divina o poética, que el que la hace la paga, que el hombre es bueno por naturaleza… Yo sin embargo, estoy con los presocráticos: hay un fundamento de maldad en el hombre que de pronto se dispara, y desde luego, está siempre ahí. Estas son las reflexiones a las que me van orillando mis personajes.

P.- No todos somos iguales ante la ley. La justicia puede resultar mal administrada, incluso ni siquiera aplicada. La consecuencia, políticos corruptos y delincuentes indemnes… y no pasa nada… ¿Dónde ha quedado la honradez, el sentido de equidad?

Yo también me lo pregunto, dónde está… Ahondando en la idea de que la crisis va a acabar rescatando lo bueno de las personas, recuerdo que cuando yo era pequeño conocí una España diferente a la que encontré hace diez años: un país frío, desinteresado, no solo por el resto del mundo, sino por el propio vecino. Mientras que ahora, el ver esas escenas que ocurren casi todos los días, de un vecino que se interpone entre la guardia civil y la viejecita que está esperando le desahucien, me han tocado profundamente el corazón. Estamos rescatando actitudes como la compasión y la solidaridad, que parecía que estaban ocultas y no afloraban. Después de la oscuridad solo pueden venir cosas positivas, recuperar valores que habían desparecido.

P.- Viendo la degradación del protagonista, ese santo que va perdiendo confianza en las ideas que lo sostienen, uno se plantea: ¿dónde quedan la razón justa y verdadera, esas creencias que alimentan el alma?

Se quedan en una imposibilidad. El santo es un tío que cree y tiene mucha confianza en lo que hace; y la única forma de combatir ese mundo que le pasa por encima, es creer con más intensidad. Como decía san Buenaventura, “credo quia absurdum” (creo porque es absurdo). Uno cree en las cosas en que no se puede creer, porque lo demás ya está, y en lo que puedes creer no hay que esforzarse. Ahí otra vez llego al novelista: ¿por qué escribo novelas si es absurdo? Porque creo. Es la única manera de combatir esa impunidad de la justicia. No debo acostumbrarme, sería algo monstruoso e inmoral, aunque haya veinte mil casos y uno vaya tapando al otro. Esa es la resistencia que muestra el santo, y que empieza a aparecer ahora en la sociedad.

P.- Sin embargo, es curioso como, en base a esas creencias tan firmes como erróneas, el santo aguanta las continuas humillaciones y mentiras de los que le rodean. Y se resigna a todo. ¿Puede ser lo único que le queda?

Se resigna pero también lo hace combatiendo. La resignación tiene un componente pasivo que yo personalmente detesto. La imaginería judeocristiana nos ha hecho creer que la resignación está bien, pero es algo que se podía plantear de otra manera. El santo, más que resignarse, hace una profunda reflexión de lo que está pasando, y combatiendo acepta la situación. No me gusta verlo resignado como si fuese el cura que plantea aquello de “estos son los caminos del señor, qué vamos a hacer”. No, este santo piensa y combate no solo frente a la corrupción sino ante la llamada de la carne que es brutal, es carne rusa… Va cayendo, pero en combate.

P.- ¿Actualmente el ciudadano parece estar acostumbrado a tragar con todo lo que se le impone? ¿O puede ser también que el miedo sea uno de los factores que le atenace a la hora de no actuar, de no moverse?

Por supuesto, piensa que el noventa por ciento de nuestro comportamiento viene motivado por el miedo, sobre todo y en este caso específico porque todavía tienes algo que perder. Cuando el ciudadano ya no tiene nada que perder es cuando llega la revuelta; pero la situación no está ahí ni mucho menos, todavía hay cosas que perder. Yo nací en México, un país con un conflicto social permanente, y he comprobado que la gente actúa de esa manera: tiene que llegar a un punto concreto, en el que es difícil situarse, pero donde ya sobreviene la revolución, cuando no tiene nada que perder.

P.- Conforme avanza la historia el esperpento y la parodia se multiplican, disparando el humor y llegando a puntos realmente divertidos. ¿La ficción supera en este caso a la realidad?

La ficción es una manera de poner en claro la realidad, de jerarquizarla y ordenarla. Te asomas mejor a una realidad específica por medio de un artefacto literario como es la novela. Creo que aquí ficción y realidad van de la mano. Después, cuando identificas los personajes y los escenarios reales es cuando la ficción empieza a remodelar la realidad, o sea que es lo mismo.

P.- En el libro no haces referencia al lugar en que se desarrolla la historia. Podría ser un ciudad española, colombiana o incluso mexicana… ¿Por qué?

Ese es parte de mi empeño narrativo: plasmar al mestizo que soy en todos mis libros. Siempre me preocupo de utilizar palabras que se usan tanto en España como en México o Latinoamérica, un empeño fonético, casi musical, en el uso de las palabras y en el traslado de una latitud a otra. Me parecía que en esta historia podía llevar eso más allá, y plantear un territorio panhispanoamericano, que puede ser cualquier sitio: Madrid, Barcelona, Veracruz, Caracas… donde sea. Pero no puede ser en un país que no sea hispano, un lugar donde los referentes son por un lado Valle Inclán, el gran inventor del boom hispanoamericano con Tirano Banderas. Y por otro lado, Luis Buñuel, que era aragonés y también profundamente mexicano. Me interesa mucho esta propuesta estética porque creo que tiene que ver mucho con la realidad: Latinoamérica se acerca con timidez a España, y España en cierta medida, ignora lo que pasa en Latinoamérica.

P.- Jordi Soler y el periodista especializado, narrador de la historia, ¿terminan confluyendo en un solo personaje?

Sí, así es, aunque en realidad este periodista es el periodista que yo no puedo ser. Habitualmente yo escribo en periódicos pero en opinión. Cuando hago algún trabajo periodístico tiendo a redondear la realidad, lo cual está muy mal visto en un periódico serio. De ahí que sea un periodista defectuoso. Y a éste, lo he hecho como a mí me gustaría ser, un periodista de raza, como el galgo ruso que muerde su presa y no la suelta por muchos golpes que reciba. Sin embargo, al final de la novela el periodista se plantea algún día escribir ese libro en el que lleva diez años trabajando. A mí que conozco la profesión periodística me queda claro que no lo va a escribir, por eso yo, que soy novelista, le he venido a escribir su libro.

P.- Tienes un estilo literario muy visual. Es entrar el santo en el mercado con la túnica blanca, y el pelo y barba desaliñados y el lector ya se hace la composición de lugar del revuelo que se está levantando en aquel lugar. ¿Visión cinematográfica?

Quizás porque escribo novelas no veo mucho la relación del cine con la literatura. Creo que ésta bebe más de la música, mientras que el cine es un arte solo visual. Las imágenes lo avasallan todo, mientras que las imágenes literarias están construidas a partir de conceptos e ideas, un acercamiento radicalmente distinto a la imagen. Yo no me visualizo haciendo un paneo para escribir lo que veo, sino que lo escribo y luego me doy cuenta que lo hice como si hubiese hecho un paneo; de ahí que mi estilo, como dices, pueda ser visual.

P.- ¿Cómo ves el actual panorama literario? ¿Y el editorial?

El editorial muy revuelto, hay desconcierto por todos lados. Quizás lo que haya que cambiar es el modelo y regresar al editor que está en su escritorio y publica seis libros al año, al modelo clásico de muchas editoriales. A la hora de hacer un libro, hay una infraestructura alrededor que se está viendo que ya no se sostiene. Además creo que ya hay voluntad de cambio, que todos vamos en la misma sintonía. Lo que sí está claro es que la novela ni está cerca de la muerte, ni creo que muera.

En cuanto al panorama literario en general, a mí me interesa mucho la literatura que se hace en Latinoamérica por la diversidad que ofrece y porque oxigena mi español ya peninsularizado, más preciso, canónico, y por tanto, mucho más esquemático. En México hablamos más como lo hacía Valle Inclán. También tiene que ver con la forma en que se escribe en Latinoamérica, desde la carencia, no hay anticipos, ni control de cuantos libros vendes; estás luchando contra los elementos y no te puedes distraer. Se escribe desde la necesidad, por eso salen novelas con tanta fuerza. Entre un empleo y otro vas escribiendo, pero con la certeza de que no puedes fallar porque a lo mejor a la siguiente no te la van a publicar; se escribe entonces con mucha desesperación.

La hora violeta: conversación entre Sergio del Molino y El chico que leía demasiado

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La hora violeta es un libro doloroso. La hora violeta es una hora por la que nadie querría pasar. Es una novela intensa, profundamente conmovedora. A pesar de la trágica situación que da lugar a la escritura del libro, Sergio del Molino (Madrid, 1979) ha conseguido urdir una novela que es al mismo tiempo iluminadora y catártica. Una novela puente entre el desconsuelo y el arte.

La narración del libro parte de la búsqueda de una palabra inexistente en español, que es la que englobaría el concepto de “padre que pierde a un hijo”. En español se produce un vacío léxico (aunque existe el concepto de “deshijado”), pero en otros idiomas sí existe una palabra para definir tan dolorosa situación. Es el caso del hebrero, con “hore shakul” (הורה שכול ). Es un hecho que me impresionó enormemente. A pesar de esto, con la lectura del libro nos damos cuenta de que sí, de que sí hay palabras para narrar una historia así a pesar del sufrimiento. En La hora violeta, Sergio del Molino consigue transmitir con gran facilidad todos los sentimientos que él mismo sintió e impregna al lector con el dolor.

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¿Qué supuso la escritura de “La hora violeta”? A pesar de todo la desolación, la angustia y el sufrimiento plasmado, seguramente no ha servido como una catarsis definitiva.

No al menos en el sentido etimológico de purga o purificación. La catarsis como explosión emocional sólo puede sentirla el lector, que me acompaña literariamente en una experiencia que yo viví con inapelable realidad. Para mí, la escritura ha sido más bien anticatártica, si es que existe el antónimo de ese término: no me siento purgado o libre de la angustia. Al contrario: la he incorporado a mi organismo, en lugar de expulsarla. Le he dado una forma asimilable al reducirla (o amplificarla) en términos literarios. Al trabajarla con parámetros narrativos he logrado, si no darle un sentido, porque el sentido sólo podría dárselo recurriendo a mitologías religiosas a las que soy profundamente refractario, sí un tamaño y un formato que puedo llevar en mi mochila. Ahora, ese dolor informe y arrasador se ha convertido en un libro hermoso que cabe en mis manos y no es capaz de devorarme. Para el lector, sin embargo, la experiencia va a ser muy distinta, porque no tiene términos de comparación con la experiencia real a la que se refiere el relato.

La hora violeta nos llega en un momento en el que la sanidad pública está debilitada debido a la crisis económica. Es también por ello un homenaje al sistema sanitario, ¿has querido reivindicarla?

Involuntariamente, sí. La hora violeta es un testimonio literario e íntimo, no un alegato político. Pero, desgraciadamente, desde que falleció mi hijo hasta ahora, la sanidad pública en España ha sufrido un deterioro gravísimo cuyas consecuencias vamos a sufrir seriamente todos. En ese sentido, mi libro ha devenido un testimonio de cómo funcionaba esa sanidad cuya construcción fue uno de los mayores logros de la historia de España. Quienes durante años se han dedicado a preparar el terreno para la destrucción presente, tienen en este libro una prueba indiscutible de que en este país existió una vez un consenso maravilloso, prácticamente sin parangón en el mundo. Un consenso social que establecía que, ante un niño enfermo, no se ponía precio a los esfuerzos para salvarlo, y que había una sanidad pública dotada con los mejores especialistas y con los mejores recursos disponibles dispuesta a hacer todo lo posible para salvar la vida de ese niño. Y todo, de una forma muchísimo más barata y eficiente de la que nos lo han querido vender. El modelo sanitario español era la envidia de muchos países. De hecho, ahora hay consejeros de Sanidad españoles que se dedican a asesorar a Obama en sus proyectos de reforma para universalizar la sanidad, porque les maravilla lo mucho que conseguimos aquí con tan poco dinero. Eso ya no existe. El sistema sanitario que homenajeo en La hora violeta (sobre todo, a sus profesionales) está desapareciendo en una maraña burocrática. Me cuentan que los oncólogos cada vez tienen menos margen para decidir sobre tratamientos, que la administración ha creado comités y subcomités que supervisan sus decisiones médicas con criterios de ahorro. Ahora hay un precio. La sociedad ha puesto un precio a la vida de las personas. Podrán justificarlo de muchas formas, pero la realidad moral es esa: ahora, al enfermar, ya no merecemos los cuidados de la sociedad, sino que somos un lastre que hay que cortar.

En tu blog (http://sergiodelmolino.com/2013/03/19/bso-de-la-hora-violeta/ ) has colgado las diferentes canciones que van apareciendo a lo largo del libro., lo que sería la banda sonora original del libro. Además de acompañar a la lectura de la novela, ¿sirvió la música como vía de escape al dolor?

No, la vía de escape, por llamarla de alguna forma, estaba más en los amigos. La música era un amplificador. Quizá, esta vez sí, una forma de catarsis a través de la saturación sentimental. Aunque las canciones hablaran de asuntos muy distantes a mi sufrimiento, expresaban lamentos. Hay musicólogos que sostienen que existe una constante en la historia de la música, que atraviesa países, culturas, épocas, géneros, estilos y registros cultos y populares: la forma de expresar el lamento. Es una estructura repetitiva que se da tanto en los tonos mayores como menores: un compás de cuatro notas descendentes que imitan un gemido humano. Casi todas las canciones de duelo o de desamor tienen esa secuencia cromática, que es la base del blues, por ejemplo. La música, por tanto, está expresando el dolor humano de una forma primaria, rotunda e inapelable. Cualquier persona sensible a ella, y yo lo soy desde que aprendí a gatear, encuentra una compañía, siente un coro de gemidos y se da cuenta de que el dolor es la experiencia que más universaliza y une a los humanos, porque todos lo sentimos de una forma parecida y animal. Eso dicen las canciones de La hora violeta.

En relación con la pregunta anterior, las redes sociales están en pleno auge, su importancia es cada vez mayor. ¿Las utilizas para relacionarte de una manera más directa con tus lectores? ¿Pueden servir como catapulta para autores desconocidos?

Yo uso fundamentalmente Twitter y mi blog, y me gusta mucho ese feed-back inmediato que recibo. La lectura es una experiencia íntima, poco social, y la relación que un lector establece con un autor al que admira es intensa y directa durante esa lectura que, generalmente, se hace en soledad, a menudo bajo las mantas de la cama. Como lectores, es difícil no sentir que el autor de ese libro que tanto nos gusta es algo así como un amigo, y la posibilidad de interpelarle directamente me parece maravillosa. Aunque yo no lo hago con los autores que me gustan, pero me gusta que lo hagan conmigo. Me turba un poco, he de confesarlo también. A veces se producen situaciones desagradables. Personas que, amparadas en el anonimato, te insultan y opinan, si es que eso es opinar, atrocidades sobre mí y mis libros. Me parece muy bien que piensen lo que quieran sobre mí, pero me gustaría tener el derecho a no leerlo, a no enterarme, a no leer opiniones que no he pedido sobre mí. Yo no obligo a nadie a leer mis libros, pero, cuando alguien me deja un comentario o me manda un twit, me está obligando a leerles a ellos, no les puedo obviar. Pero, bueno, salvando esos episodios que, en verdad, son menores y marginales, por lo general, los lectores son amables y educados y suelen utilizar las redes para comentar cosas bonitas y halagadoras. Incluso he hecho algunos amigos a los que he desvirtualizado. En cuanto a lo de si pueden servir de catapulta para autores desconocidos, no lo tengo claro. Yo, desde luego, sigo fiándome más de los mediadores y de los consejos de los amigos informados a la hora de descubrir a un autor. Pero eso será porque soy un antiguo: por poco, pero aún nací en los setenta y estudié el BUP y el COU, que era formación clásica basada en la excelencia. Aún me muevo en parámetros de sociedad industrial.

En “La hora violeta” se omite el fallecimiento de Pablo. ¿Por qué se produce esa elipsis?

 Por la misma razón por la que he trabajado otras elipsis quizá menos obvias: porque la enunciación de la agonía y muerte de mi hijo desbarataba irremediablemente mis propósitos de sobriedad y contención narrativa. Porque es imposible narrar algo así sin caer en la sensiblería y el melodrama, y convertiría el momento más terrible de mi vida en un lugar común intercambiable con todas las muertes de niños de la historia de la literatura. En las largas noches de hospital, durante una temporada, leí Guerra y paz(necesitaba libros largos que me durasen más de una noche, tenía miedo a quedarme sin lectura de madrugada y que me diera por pensar). Cuando llegué a la muerte del bebé del príncipe Bolkonski sentí que Tolstoi transmitía una gran verdad. Supongo que en el siglo XIX, en Rusia, no era extraño presenciar la muerte de un bebé. Pero si yo relataba la de mi hijo, irremediablemente iba a sonar a caricatura ridícula y cursi del dolor de Bolkonski. En una época en la que la mortalidad infantil está prácticamente erradicada, no hay modelos de aproximación literaria a un hecho así. Están todos desfasados y cualquier intento está condenado al morbo innecesario o a la cursilería. La única opción moral y literaria plausible era la elipsis.

Es una novela ágil, llena de emoción y que provoca en el lector los mismos sentimientos que pueden llegar a sentir los padres ¿Tu labor como periodista ha influido en el estilo narrativo?

No lo creo, porque mi crecimiento como escritor se ha hecho a costa de mi destrucción como periodista. Si ha influido, ha sido como reacción a los acercamientos clásicos del periodismo al sufrimiento y a la muerte, cuyos arquetipos rechazo. Reflexiono mucho en la obra sobre mi trabajo como reportero, sobre cómo los periodistas caracterizamos a quienes sufren hasta reducirlos a clichés. Yo he querido hacer justamente lo contrario en mi libro, y si mi estilo es ágil se debe más a un esfuerzo estilístico consciente que a una deuda con una profesión que ya sólo ejerzo a ratos.

En el comienzo del libro afirmas que vas a tratar de no distanciarte de tu hijo como fue el caso de Francisco Umbral en Mortal y rosa, ¿leer a otros autores en la misma situación ayudó a expresar mejor los sentimientos o, por el contrario, fluían de ti mismo?

Tengo la desgracia de ser un lector voraz, y me sumergí en el subgénero de la literatura de los padres heridos. Por supuesto que leerlos me ayudó, si no a entenderme, a no sentirme tan extraño. El sentimiento de extrañeza es predominante entre los padres dolientes. La sensación de no ser comprendido y de no comprender el mundo que te rodea. Una incomunicación que funciona en ambas direcciones. Al comprobar que otros escritores han expresado literariamente esa misma extrañeza y desolación, me sentí comprendido y menos solo. Como si esos escritores me acompañaran en la hora violeta. En silencio, cada uno en su muerte y en su dolor, pero cómplices y hermanos. Algunos padres que han perdido a sus hijos y no son escritores me han escrito para agradecerme que haya puesto en palabras todo aquello que ellos sentían y no sabían cómo expresar. En ese sentido, quienes tenemos capacidad para escribir, debemos hacerlo. No sólo combatimos nuestro silencio, sino el de los demás.

¿Dolió poner punto y final a la novela?

No, dolió y duele la ausencia de mi hijo. Acabar la novela fue triste en el sentido de que me cortó una vía de comunicación con Pablo, a través de la maduración sistemática de su recuerdo. Se había convertido en una rutina agradable, en un reencuentro directo con su mirada y sus olores de cachorro herido. Pero necesitaba acabarla. Ahora mismo, estoy satisfecho, me gusta verla editada y que encuentre a sus lectores.

Calle de los Ladrones: una conversación entre Mathias Énard y Arturo Sáchez

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(Todas las fotos pertenecen a Laura Rosal)

Después de todo, acaso no estaba yo encerrado en una novela negra, y muy negra”. Es lo que se pregunta Lajdar, el protagonista de Calle de los Ladrones (Literatura Mondadori, 2013), planteando la cuestión del género de la novela. Posiblemente podríamos hablar de una obra multigenérica, que combina la novela negra, la novela de aventuras, la novela de viaje y la novela de iniciación. ¿Hay una voluntad de realizar algo así como un compendio novelístico?

Al empezar a escribir Calle de los Ladrones sabía que quería hacer un homenaje a la novela negra, pero que también tuviera una dimensión de novela de iniciación. Buscaba algo así como un cruce de todos los géneros que mencionas, sin obsesionarme con el género concreto que tuviese la novela al final. Pero sí es cierto que el personaje es muy consciente de que se encuentra inmerso en una de las novelas que tanto le gustan. Lo que relata la novela es un gran viaje entre Tánger y Barcelona, pero también es un viaje literario que se hace entre libros de todo tipo, incluyendo la colección francesa de novela negra Série Noire y otros autores similares.

Es también una novela multicultural y multilingüe, y ya en la versión original francesa se mezclan el francés, el español y el árabe. Aparece primero en Francia en 2012, gana el premio Goncourt choix de l’Orient, y llega ahora a España como un texto que parece atravesar fronteras y dejar atrás la idea de “literatura nacional”. ¿Cómo percibe su inscripción en el panorama editorial español?

Lo bueno de la traducción es que permite a los textos entrar totalmente en un paisaje literario nacional que no es el suyo; sin embargo, Calle de los Ladrones tiene en sí una dimensión muy “española” que hace que el volver a España sea casi un regreso a su idioma materno, aunque haya sido escrito en francés. Sin embargo tanto el escenario como los personajes tienen algo muy de aquí, y de hecho aquí es donde el libro fue escrito. Así que, en cierta medida, la novela vuelve a nacer aquí, lo cual no es fácil, puesto que no deja de ser una traducción. Es un texto entre dos aguas. Es también una novela de idiomas en el sentido de que en la versión original ya hay pasajes en árabe, en español, en catalán, que forman parte de la idea del libro y de la identidad del protagonista. Incluso desde un punto de vista editorial fue muy difícil que figurase el árabe, ya que es muy complicado de maquetar, pero lo hicimos igualmente, y estoy contento con el resultado. Esta mezcla de idiomas permite que sea una novela con consciencia lingüística, es decir, que sea consciente de qué lengua habla cada uno de sus personajes, y eso me interesa mucho.

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 ¿Supervisa o colabora de alguna forma en la traducción?

A veces. Es algo muy variable, depende de cada lengua y de cada traductor. En el caso del castellano, el traductor es un escritor muy amigo mío, Robert Juan-Cantavella. No trabajamos juntos, pero me envía el texto, me envía preguntas, etc. Tenemos una relación muy estrecha.

Este relato del periplo de Lajdar contiene referencias a escritores viajeros como Paul Bowles o William Burroughs, pero se sitúa sobre todo bajo la égida de Ibn Battuta, viajero y explorador tangerino del siglo XIV. ¿Es el viaje un resorte novelístico privilegiado?

Claro, el viaje es un motor, es lo que permite la ficción: la novela empieza con el movimiento del personaje. De hecho, en este caso la novela empieza con una patada en el culo que pone en movimiento al protagonista, un poco como una canica que de un toque podría rodar hasta el otro lado del planeta. En mis novelas el viaje suele ser un elemento central. No son novelas de viaje, ya que no se trata de reportajes novelados sobre un territorio concreto, pero sí contienen un recorrido, en este caso un recorrido entre Tánger y Barcelona. Respecto a Ibn Battuta, su presencia funciona como un contrapunto. El viaje de Lajdar es de sur a norte, mientras que el de Ibn Battuta es de oeste a este; el de Lajdar es muy real, muy duro, mientras que el de Ibn Battuta tiene un lado maravilloso: se encuentra con seres imaginarios, con monstruos, describe una isla indonesia donde las mujeres tienen un solo pecho, o explica cómo comerciar con el país de las tinieblas, y todo esto lo cuenta tranquilamente, como si fuera de lo más normal. Es lo fascinante de su viaje, ya que para él el mundo todavía tiene la posibilidad de encerrar algo fantástico.

El viaje de Lajdar se desarrolla en el Mediterráneo, localización que ya aparece en otras novelas suyas como Habladles de batallas, de reyes y elefantes (Literatura Mondadori, 2011) o Zona (La Otra Orilla, 2009). Es un lugar que usted conoce bien, como francés residente en Barcelona que viaja frecuentemente a Magreb y a Oriente próximo. ¿Es el Mediterráneo un área mítica particularmente propicia a la construcción literaria?

Podría ser, pero el Mediterráneo es muchas cosas a la vez. Es cierto que se dice que el Mediterráneo tiene mucho que ver con el cuento y con la literatura oral. Yo opino que, al igual que el elemento del viaje, el Mediterráneo es un buen lugar para la ficción porque une realidades opuestas o dispares. De estas energías casi contradictorias pueden nacer relatos muy interesantes. Un ejemplo puede ser lo que sucede entre España y Marruecos: están casi tocándose, cada uno a un lado del estrecho, incluso se ven el uno al otro, pero no son la misma cosa en absoluto. Esto crea una energía muy especial en el viaje que transcurre de un lado a otro. El Mediterráneo enfrenta estas realidades: no las hace comunicar sino que las contrapone, y eso para la literatura es un recurso maravilloso.

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Hablamos ya de Lajdar, el protagonista de esta novela de juventud y envejecimiento. Nos encontramos frente a una narración retrospectiva en la que el personaje se sorprende de haber sido capaz de realizar su periplo a través de acontecimientos como la primavera árabe y el movimiento de los indignados europeos: “Hay en la juventud una fuerza infinita, un poder que hace que todo se deslice, que hace que nada te afecte realmente.” ¿Hay en la novela un canto a la fuerza de la juventud, al deseo como energía motriz?

Yo diría que sí. Cuando comenzaron estos movimientos lo que más me interesó fueron sus vertientes más jóvenes, puesto que los llevan a cabo las generaciones que actualmente tienen veinte años, ya sea la de los indignados españoles o la de los revolucionarios tunecinos, marroquíes, libios o sirios; son jóvenes que saben que prácticamente no tiene futuro si no luchan por ello. Lo que explica que en Túnez hayan hecho una revolución, y en cambio aquí no, es que aquí se topan con la democracia parlamentaria. A diferencia de lo que sucede en los países árabes, en España ya se vive en democracia parlamentaria, así que llega un momento en el que, frente a las protestas, los diputados y el gobierno responden: “oye, a ti te represento yo, ¿qué estás haciendo?” Ahí está el límite. Pero lo que me interesaba era la continuidad entre estas dos generaciones que utilizan los mismos medios, como Internet, las redes sociales, los teléfonos móviles, etc. Son objetos que forman parte de su vida, y tienen aspiraciones y formas de relacionarse entre ellos muy parecidas. Sin embargo, claro está, no pasa lo mismo en ambos países, ya que el destino político de esos movimientos es totalmente distinto desde el principio.

A medida que vamos avanzando en su lectura, la novela experimenta una evolución tonal importante que la lleva hacia algo cada vez más sombrío. Lajdar empieza como un pícaro o un hedonista, alejándose de los movimientos grupales (ya sean los movimientos revolucionarios árabes, los grupos islamistas o los indignados), y busca solo los pequeños placeres que le procuran felicidad. Sin embargo, ese mundo en llamas y fúnebre termina por alcanzarle y atraparle. ¿Hay algo del orden de la tragedia?

Sobre Lajdar como personaje de novela picaresca, es posible que lo sea, aunque no lo pensé así al escribirlo. En cuanto a la cuestión de la tragedia, sí, sin duda; hay algo casi shakesperiano en el juego de la tragedia con el destino de los personajes. Sin querer desvelarlo, el desenlace tiene algo de trama shakesperiana en la que, en cierto sentido, un personaje muere por el otro. Hay algo muy trágico en el destino de la humanidad, sobre todo en estos tiempos, que son muy difíciles tanto en Europa como en el mundo árabe: esta es la gran tragedia actual que se ve reflejada en el libro.

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¿Es el hedonismo contemporáneo tal como el personaje lo plantea imposible? ¿Es Lajdar, en este sentido, el arquetipo de una juventud contemporánea?

No creo que sea arquetípico, ya que tiene una formación y una vida tan peculiares que no sé si puede representar a mucha gente. Más que un arquetipo se puede volver algo del orden de lo simbólico. La novela va evolucionando en ese sentido, por ejemplo con la enfermedad del personaje de Judit que se vuelve simbólica de un tipo de enfermedad de Europa o de España. El destino de Lajdar sigue una evolución similar hacia lo simbólico, aunque no deja de ser una experiencia humana única. El personaje mismo es consciente de la dificultad de definir su identidad, cuando dice: “No soy un marroquí, no soy un francés, no soy un español, soy más que eso. No soy un musulmán, soy más que eso.” Ya no se le puede reducir a una identidad que equivalga a un nombre, puesto que él solo ya abarca muchas identidades distintas.

Hay una imagen recurrente en la novela, que asimila a los hombres con los perros: los hombres son perros en busca de un dueño, perros que se matan en la calle o que mueren de tristeza en un rincón. A la desesperación de los perros Lajdar opone una ética de la individualidad que me ha hecho pensar en él como un nuevo Julien Sorel. ¿Es Lajdar, en ese sentido, un héroe revolucionario?

Sí, tal vez es el único que no es perro del todo, pero sería más un héroe camusiano que stendhaliano. Algo que me interesa mucho es la idea de que el ser humano debería estar en el centro de nuestras preocupaciones, incluyendo las literarias. El final de la novela está muy relacionado con El hombre rebelde de Albert Camus. Esas ideas sobre en qué consiste la revuelta, sobre la violencia política, la indignación, sobre cómo el mundo nos aplasta a todos están en el trasfondo del libro. Camus fue una de las referencias principales al escribir la novela. Además era su centenario, así que había que hacerle un homenaje.

Lajdar no solo se define por los viajes que hace, sino también por sus lecturas. ¿Qué papel juega la literatura en la construcción de la individualidad del personaje?

Lajdar lee novelas policíacas, poesía árabe clásica, comentarios coránicos, pero también lee a escritores como Casanova. El primer viaje de la novela es el viaje físico, el que se desarrolla entre Tánger y Barcelona; la literatura es sin duda el segundo viaje de la novela, que es el mismo pero dentro de los libros, partiendo desde Ibn Battuta y llegando al gran viajero occidental que es Casanova. De hecho, Casanova tiene algo muy interesante, puesto que es el hombre que experimenta la idea de Europa que creamos ahora: la de una Europa libre en la que el hombre y las ideas puede circular sin restricciones. Casanova es probablemente el mayor escritor del siglo XVIII. Este es el segundo recorrido, el viaje de los libros, que va desde la literatura árabe clásica hasta Casanova pasando por la novela negra de la Série Noire: es un recorrido tan ecléctico como lo es el mismo Lajdar.

Un cielo de un negro infinito, he ahí lo que nos esperaba; hoy en mi biblioteca, donde los muros ensordecen el furor del mundo, observo la serie de cataclismos como quien, en un refugio que sabe seguro, siente cómo vibra el suelo, cómo tiemblan las paredes, y se pregunta cuánto tiempo todavía logrará conservar la vida: fuera, todo parece oscuridad”. Así es como Lajdar percibe la realidad que le rodea al final de la novela. Frente a este mundo en llamas, ¿qué poder tiene la literatura?

La literatura está ahí para dar que pensar, y para dar a ver el mundo, ya sea con el fin de cambiarlo o no. Lo que de verdad cuenta es la posibilidad de convertirse en el viajero, el poder entender nuestras sociedades, nuestras ciudades, como alguien que viene de fuera, es decir cambiar radicalmente de punto de vista: esta es la posibilidad que nos da la literatura. La fuerza que existe en el arte en general no es la de la realidad o la lealtad a lo real, sino la del simulacro, que a veces expresa mucho más que la propia realidad en la que estamos presos.

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Concurso: ¿nos ayudas a encontrar a Bernadette?

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Dónde estás Bernadette es el nombre de la novela de Maria Semple que Reservoir Books acaba de publicar. En esta ocasión nos apetece invitaros a un sorteo de 5 ejemplares del libro ( —> http://a.pgtb.me/8wT2Sd) con la condición de que, por favor, nos ayudéis a encontrar a Bernadette.

¿Requisitos? Muy fácil:

Unas gafas.

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Un pañuelo.

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Una foto propia.

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Y a jugar.

Mandad vuestra foto a inforeservoirbooks@rhm.es Las mejores cinco Bernadettes serán recompensadas como en las pelis del oeste.

¡Os esperamos!

Diario de la caída: una conversación entre Michel Laub y María Mercromina

No me gustaría escribir otro relato de esos cuyos autores repasan su propia vida a la luz de una situación límite, como si la perspectiva del fin de alguien cercano nos hiciera ver la escasa importancia de todo lo demás. No me gustaría usar el viaje a Porto Alegre, las charlas que tuve con mi padre después de darle la noticia de la enfermedad, mientras lo acompañaba a hacerse los exámenes complementarios, […]y él volviera a preguntarme qué era de mi vida, y yo volviera a confiar en él de un modo natural, y le describiera el ultimátum de mi tercera mujer, el alcohol y las peleas y las discusiones, mi secreto más íntimo, lo que era capaz de sentir ante mi padre, a causa de él, las cosas y lugares y personas que morían en el preciso instante en que yo descubría que aún era capaz de hacer eso, la última conversación importante que tuvimos antes de que la evolución de la enfermedad convirtiera esa clase de confesiones en algo inútil.

Diario de la caída, Michel Laub.

Michel Laub, 1973, Porto Alegre. Escritor y periodista. Uno de los integrantes de la lista de los mejores jóvenes escritores brasileños por la Revista británica Granta. Llega a España con su última novela Diario de la caída, una magnífica disección sobre cómo el pasado, el horror y la enfermedad van sucediendo y afectando de generación en generación a los miembros de una familia. Un rompecabezas de diarios, consecuencias y hechos que se inicia con la caída de João preparada por sus amigos en su bar mitzvah y que nos muestra lo largo del libro cómo se reflejan en el espejo del presente o de un futuro próximo las cosas que hacemos o dejamos de hacer.

Me parece fascinante cómo en Diario de la caída, nos vas mostrando poco a poco las cosas que sabe y va descubriendo el protagonista de su abuelo, de su padre e incluso de él mismo hasta llegar a la caída, y la sentencia relatando que no le gustaría escribir otro relato de esos cuyos autores repasan su propia vida a la luz de una situación límite, como si la perspectiva del fin de alguien cercano nos hiciera ver la escasa importancia de todo lo demás. ¿Sigues la misma ecuación? ¿Existe realmente en los creadores una separación clarísima entre la vida y obra? ¿O todo se resume a un amasijo de lo que somos y hacemos?

Esta pregunta puede responderse de una manera amplia o estricta, técnica. Muchas veces el texto da la impresión de ser autobiográfico sólo por haber sido escrito en primera persona. El lector se convence de que es verdad, como se convence también de que cualquier historia (bien contada) lo es, hasta una historia sobre unicornios. Claro que, teniendo el protagonista la misma edad y profesión que yo y viniendo de la misma ciudad, este tipo de elemento narrativo ayuda a confundir las cosas. Pero tengo consciencia de esto también, por ello es fácil plantar pistas falsas aquí y allí. Ese tipo de frases que citas, incluso, forma parte del procedimiento del libro: el narrador dice que no quiere hablar sobre un asunto, y al mismo tiempo está hablando sobre el mismo. Él finge que aquello ya fue dicho antes, un cliché, que no tiene manera de impactar a quien escucha su historia, pero que al mismo tiempo, espera causar impacto. Es un discurso irónico, en cierta forma, pero no en el sentido común de la ironía, el de alejar al lector de la emoción directa, sino en el sentido contrario.

Michel, no pude evitar recordar la fábula que aparece en el comienzo de la película La Haine de Mathieu Kassovitz nada más saber de tu libro Diario de la caída y de tu paso por diferentes estadíos hasta llegar a ser escritor: estudiante de derecho, crítico de literatura y de cine, editor y periodista. ¿Cuándo empieza la caída desde la carrera de abogado hasta el aterrizaje de Michel Laub como escritor? ¿Cuánto hay de Michel Laub en João, el chico que cae al suelo en la última manteada de su bar mitzvah planeada por sus amigos? ¿O hay más Michel Laub en el escritor y protagonista de Diario de la caída que se aparta y deja caer a João y va asimilando y creciendo en la periferia alrededor de esa trastada de los trece años que se convierte en algo transcendental para toda su vida?

La transformación de alguien en escritor puede ser una caída, claro, pero en mi caso no lo fue. Me siento mejor haciendo lo que hago ahora que siendo abogado o sólo periodista (todavía lo soy, aunque no a tiempo completo). Sobre João, todos pasamos por cosas difíciles en la adolescencia, y no pienso que eso sea siempre malo. En mi caso, sobreviví sin traumas mayores, al contrario de los personajes de mis libros. En cuanto al narrador del libro, tenemos un rasgo en común, el pensamiento circular y la tendencia al autoanálisis, pero en mi caso, (espero), de manera más leve.

Estás incluido en la prestigiosa revista Granta como uno de los mejores jóvenes escritores brasileños. ¿Lees a tus coetáneos? ¿Pertenece la escritura de Michel Laub a una generación? ¿Cuáles son tus escritores de cabecera?

Sí, aunque no tanto como antes. Hay mucha gente publicando y no tengo mucho tiempo para seguirlos a todos. Tengo varios amigos también escritores, así que el juicio acaba siendo ligeramente comprometido (pues tendemos a ser indulgentes con las personas que nos gustan, o demasiado estrictos). Yo soy el más viejo de Granta, y no me puedo considerar de la misma generación que alguien que publica allí (como Luisa Geisler) y tiene casi 20 años menos. No soy el tipo de lector que tiene autores de cabecera, porque releo poco.

 No puedo evitar tener una gran fijación, quizás por hacer una carrera de ciencias, por el binomio Literatura + enfermedad. En Diario de la caída, nos muestras cómo de golpe aparece el Alzheimer en el padre del protagonista, y cómo vuelve a aparecer la manía de escribirlo todo para no olvidar. ¿Surge este libro de la vivencia o el acercamiento a una enfermedad? ¿Se cumple también para ti el sumatorio de Bolaño de “literatura más enfermedad es igual a enfermedad “?

No, el tema del Alzheimer surgió como parte del tema de la memoria. Me pareció una contraposición interesante hablar de campos de concentración, que simbolizan la memoria colectiva e histórica, frente a una enfermedad neurológica que provoca olvido, simbolizando la memoria biológica e individual. Todos mis libros tratan el tema de la muerte, y es cierto que la cuestión de la enfermedad, o de la finitud, está siempre presente.

En Diario de la caída, desmenuzas poco a poco la historia del abuelo del protagonista, un superviviente de Auschwitz que elige el silencio hasta su muerte, tras la cual su familia descubre sus diarios repletos de definiciones asépticas de las cosas tal como deberían ser y no como son en realidad. ¿Es la escritura para ti un oasis de anestesia para hacer frente a las circunstancias o problemas que nos pueden surgir en algún momento de nuestras vidas?

No, es al contrario. La literatura es una fuente de angustia más que de cualquier otra cosa. Una vez que el libro se termina, disfruto de la fase de revisión y reescritura, pero cuando comienzo a escribir y aún no sé para dónde va la historia, llega a ser muy tormentoso. Incluso es un misterio por qué me dedico justamente a un ejercicio inútil, que me gasta tanta energía, y, en relación a mi paso por la abogacía, creo que no podría trabajar en otra cosa. De cualquier modo, la vida tendría menos gracia sin ese ejercicio inútil.

También Primo Levi, a través del padre del protagonista, con Si esto es un hombre, es una de las constantes que aparecen en el libro. ¿En qué momento Michel Laub se decide a escribir y a convertirse en narrador de algo que no ha vivido? ¿O es el Holocausto y sus consecuencias algo cercano a Michel Laub?

Es una de las cuestiones del libro – como tratar un tema que tanta gente ya trató, incluso los supervivientes de campos de concentración, sin ser liviano u oportunista. La solución, pienso, fue traer este problema de la legitimidad hacia la propia narrativa. Y el libro de Primo Levi acabó siendo una especie de símbolo. En lugar de hablar de los centenares de relatos y tesis sobre el asunto, lo que convertiría a “Diario de la caída” en un trabajo académico y aburrido, me concentré en una sola de esas obras, la sensación de impotencia de alguien que decide narrar algo ya tan narrado.

Tienes un blog, http://michellaub.wordpress.com/, donde publicas con cierta frecuencia. ¿Qué importancia le das a las redes sociales y a este tipo de herramientas a la hora de dar a conocer tu obra? ¿Y sobre el uso de éstas en autores jóvenes?

La tecnología es instrumento antes de ser esencia. Claro que acaba transformando la esencia de las cosas también (por ejemplo: pienso que escribo más de forma coloquial hoy en día por el hecho de pasarme el día comunicándome por escrito en e-mails y redes sociales), pero no deja de ser un nivel aún superficial. En el fondo, la literatura sigue teniendo algo que decir, y pensar una forma particular de decirlo. El resto es sólo una herramienta para divulgar y compartir el contenido.

Me ha encantado además una sección de tu blog dónde vas publicando manías de escritores. ¿Cuáles son tus manías a la hora de escribir? ¿Y a la hora de elegir una lectura?

Cada libro lo escribí en una fase diferente de mi vida – con empleo fijo, sin empleo fijo, casado, soltero, en Porto Alegre, en San Paulo, con 22 años, con 39. Por entonces, adapte las manías a las circunstancias. Cuando trabajaba en redacción, por ejemplo, escribía a la hora del almuerzo, cuando todo el mundo salía y el ambiente volvía a la calma. Ahora estoy en casa y rinde más escribir por la mañana, con la cabeza fresca, pero no siempre es posible.

Febrero da risa: El libro rojo de Mongolia

ya-es-tá-a-quí: sí, sí, en tu librería más cercana…

Y en la prensa dan la nota. Por ejemplo RTVE:

En menos de un año, la revista Mongolia se ha afianzado como la publicación de humor más polémica y comentada, gracias a su osadía y a la calidad de los humoristas que componen su redacción.  Y arrastran masas, como demuestran sus 70.000 seguidores en Twitter. Ahora han creado un libro, con material inédito, en el que dan un repaso a la historia de la humanidad y a muchas otras cosas y personas: El libro rojo de Mongolia (Reservoir Books)

“Es todo lo que cualquier persona necesita para sobrevivir, en 320 páginas” -asegura Eduardo Galán-.

“Estábamos obsesionados -comenta Eduardo Bravo- porque el conocimiento estaba muy disperso y decidimos juntarlo en un solo volumen de 320 páginas donde se marquen los estándares definitivos de todo el saber de Occidente en un solo tomo perfecto para llevarse al baño. Desde la enciclopedia Diderot a la Británica, hasta llegar a la enciclopedia de nuestros días que es la revista Cuore. Y creo que lo hemos conseguido.”

“Es un libro rojo, que en realidad es de color naranja, y lo que tiene en común con ese otro libro rojo es que teníamos la intención de vender los mismos ejemplares que Miau Zedong o Miao Tse-Tung, que creo que son 900 millones, aunque si se lo leyesen solo un millónya estaríamos contentos” -bromea Galán-.

 ¿Quieres seguir leyendo?

Pincha, pincha. 

Febrero da risa: los libros más divertidos del mundo (segunda parte)

…como íbamos diciendo…

¿cuál es el libro que más te ha hecho reír en la vida?

10. Gonzalo Torné (novelista): El año del diluvio, de Eduardo Mendoza

11. Elena Medel (poeta y editora): Bujard et Panchaud – ou Les Faux-Consommateurs, de Alain Freudiger y Culito de rana, de Jotamario Arbeláez

12. Ignacio Echevarría (crítico): El mar, el mar, de Iris Murdoch.

13. Fernando Rapa (de Revista Mongolia): 1280 almas, de Jim Thompson

14. Ernesto Castro (ensayista): Recuerdo haberme reído bastante con 100 AÑOS DE SOLEDAD.

[...]

Febrero da risa: los libros más divertidos del mundo

El año pasado, si recordáis, fue un febrero muy especial. Con motivo del sorteo de algunos libros de David Foster Wallace, nos inventamos el “Febrero Suicida”, para el que algunos autores, blogueros y amigos nos escribieron bellísimos textos sobre sus escritores suicidas preferidos.

En 2013 no hablaremos de muertes, no. Queremos ser más optimistas y más alegres, y por eso hemos decidido darle la vuelta a febrero, en esta ocasión “Febrero Da Risa”, ¿por qué? Pues porque nuestro sello Reservoir Books (que, por cierto, estrenó Facebook hace un par de semanas) publicará a finales de este mes un libro absolutamente tronchante, lúcido y necesario. Se trata de El libro rojo de Mongolia, pero de esto ya os hablaremos más adelante.

Para este especial, decíamos, hemos querido volver a llamar a algunos de nuestros autores, amigos o colaboradores, para que nos respondan a una simple pregunta:

¿Cuál es el libro que más te ha hecho reír en la vida?

Así, a finales de mes, además de tener en nuestras manos El libro rojo de Mongolia, podremos contar, de una vez por todas, con la lista de Los Libros Más Divertidos Del Mundo.

Gracias a todos. Y bienvenidos. Y comenzamos:

1. Power Paola (dibujante e ilustradora): The Book of Shrigley

2. Emily Roberts (poeta): Como la vida misma de Lorrie Moore.

3. Alberto Olmos (novelista): Barrel fever de David Sedaris

4. Elvira Navarro (novelista): Me reí mucho con Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo. También con el Lazarillo de Tormes. Y con Los demonios, de Dostoievski

5. Juan Andrés García Román (poeta): El Club Pickwick, no tanto por carcajadas, que no es la cuestión, sino por el súper buen rollo que da. Es el libro más alegre y bonito posible.

6. Sergio Gaspar (editor): El libro con el que más me he reído en mi vida pertenece a esa amplia categoría de recuerdos que deberemos inventarnos cuando nos los pregunten, porque es obvio que no los habremos vivido. ¿Cuál será el libro…? Ahora mismo dudo entre El Quijote e I Ching, El libro de las mutaciones. Otro día dudaré entre otros nombres

7. Jaime Rodríguez Z. (editor de Quimera y poeta): Pues me partí mucho con El Quijote cuando era joven. Ya, sé que suena impostado, pero es lo que hay. No recuerdo el nombre del autor…

8. Lola Font (personaje de ficción): Cuánto dura cuanto de María Eloy-García

9. Antonio J. Rodríguez (novelista): Pulp de Charles Bukowski, cuando tenía trece años

[...]

‘La vida interior de las plantas de interior’: una conversación entre Patricio Pron y Sara R. Gallardo

Patricio Pron:

“Mi interés pasa por que el lector decida lo que tiene que hacer, pensar y sentir”

Aunque es improbable, ya que los vínculos entre los hechos y sus consecuencias son siempre más complejos de lo que parece a simple vista y poseen una lógica íntima  e incomprensible, es posible que al presenciar él mismo un accidente el niño haya decidido hacer visibles sus heridas, sin saber que esas heridas siempre son interiores, no importa cuánto haga uno por manifestarlas.

“La explicación”, La vida interior de las plantas de interior

 

El escritor argentino Patricio Pron (Rosario, 1975) habla del mundo mismo en su último libro, La vida interior de las plantas de interior. Pero no de un mundo perfecto ni de un mundo criticable, sino del mundo.  Sin fuegos artificiales, sin sensacionalismos. Simplemente las partes más incómodas o escurridizas de la realidad. No hay moralina, sino ironía. La vida interior de las plantas de interior da un paso al frente. O mejor, da dos pasos hacia atrás y dice: mira, no sabemos nada. Eso no es nuevo, claro. Pero sí el lugar desde el que mirarlo, y así lo hace Pron. Porque solo se puede hablar del mundo desde un lugar: su interior.

SRG: Después de escribir una novela de no-ficción, tremendamente personal, vuelves a la ficción con un libro de relatos, La vida interior de las plantas de interior. Para un lector que no se haya acercado todavía a tu literatura, ¿qué le puede decir sobre él el autor? ¿Qué hay de Patricio Pron en este libro y que hay del resto del mundo?

PP: Me gusta tu pregunta porque plantea una escisión muy habitual (y falsa) entre el autor y “el resto del mundo”. La escisión, repito, es falsa: el autor participa del mundo, lo observa, lo sufre y a veces lo goza. Procura comprenderlo en todos los casos, y la literatura (al menos la que a mí me interesa) funciona como una respuesta a una pregunta nunca formulada acerca del mundo. Esto es lo que sucede con los libros “personales” como El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (en los que el autor se observa a sí mismo) y con aquellos en los que éste observa a los demás. En el mejor de los casos, el lector de La vida interior de las plantas de interior se encontrará a sí mismo en el libro, del mismo modo en que yo me he encontrado en los libros de otros, y también encontrará a un autor interesado en cosas un poco inconfesables: las actrices pornográficas que desaparecen, les pelucas de plástico, los accidentes de tráfico, los perros, las deportaciones de inmigrantes ilegales. Ese tipo de cosas.

SRG: Es cierto que pareces un escritor muy meticuloso con la realidad, con una distancia prudencial pero a la vez muy íntimida (¿es posible eso?, es difícil, en todo caso) con respecto a aquello que escribe. Has dicho en más de una ocasión que el escritor está solo cuando escribe, lo que viene a decir también que escribe para sí mismo. Sin embargo, todos los escritores quieren o tienen como finalidad que alguien los lea. ¿Cómo logras conjugar estas dos pulsiones?

PP: Bueno, uno escribe para estar solo, pero también porque lo está y procura relacionarse con otros. Escribir y leer, que son actividades solitarias, son el modo de estar con los demás que tenemos algunos, y sería un error creer que esa soledad no es compartida, o que ese silencio no está lleno de voces. Quizás parezca paradójico (o desatinado) que algunos busquemos de esta forma la compañía, pero hay antecedentes valiosos y nobles de esta actitud en la historia de la literatura, y esos antecedentes ofrecen algo de consuelo.

SRG: En tu libro de relatos también hay mucha gente, muchos personajes, que buscan el consuelo o la compañía quizá no en los lugares más recomendables. Son, desde mi punto de vista, más que gente solitaria, gente vinculada a los demás por extraños hilos o nexos: el mismo tiempo pero diferentes lugares, como el relato que abre la colección; el mismo lugar pero diferentes tiempos… Pero no siempre es algo tan visible. A veces es muy sutil. Es una de las propuestas que más me impresionan de tu literatura: cómo eres capaz de ver el interior del interior de un objeto. ¿Ese fue uno de los criterios a la hora de juntar estos relatos en un volumen?

PP: …Sí. Al reunir los relatos pensé que ya había demasiada literatura que dice al lector lo que tiene que hacer, lo que tiene que pensar e incluso lo que tiene que sentir. Mi interés, en cambio, pasa por que sea el lector el que decida todas esas cosas por sí mismo, como si se le devolviesen unos dones que le han sido arrebatados hace tiempo. De allí la sutileza. El resto es sencillamente una cierta forma de mirar y de pensar en lo que me rodea.

SRG: También se puede extraer del libro una crítica irónica, pero que encuentro muy valiente, hacia el mundo (extra)literario: los premios de provincias y sus jurados amañados, la literatura sin moral, los blogs de crítica feroz, los trolls de Internet, la envidia, las relaciones complicadas entre los escritores vivos (inéditos o publicados), etcétera. La literatura es en realidad un lugar muy poco glamouroso, más bien sórdido y es por eso que sorprende que conjugue tan bien con el resto del libro: parecen casi más perturbadoras las historias de escritores que la del actor porno que contagia de sida a media profesión o que la del niño que imita las heridas de la víctima del accidente que acaba de presenciar. Mejor que los que se plantean entrar en él se lo piensen dos veces, ¿no?

PP: Al parecer, todas esas dificultades del muy sórdido ambiente de los escritores son el precio a pagar por escribir: si alguien desea escribir, cualquier recomendación le resultará superflua, pero, si lo que desea es “ser escritor”, es posible que estos cuentos le sirvan de advertencia. Aunque, por supuesto, el aspirante a escritor inteligente y formado (hay muchos así) no me necesita a mí para que le expliquen cómo es el “ambiente”: de hecho, salta a la vista.

SRG: Como escritor joven, me interesa la visión que puedas tener con respecto a la literatura de tu quinta o de tu generación (si es que existe tal cosa). Hay que tener en cuenta también que formas parte de los 22 jóvenes escritores elegidos por la revista Granta como futuro de las letras hispanas. ¿Lees a tus coetáneos? ¿Hay alguno que te haya sorprendido últimamente y que puedas recomendar a los lectores?

PP: Algunos de mis coetáneos están escribiendo libros muy buenos, en particular aquellos de los que menos se habla, como Cynthia Rimsky, Juan Sebastián Cárdenas y Marcelo Mellado, pero yo no pienso nunca en el futuro de la literatura: me interesa el presente, que es el sitio en el que vivo.

SRG: Si no me equivoco, los tres son latinoamericanos. ¿Tú te sientes más un escritor argentino o español? ¿Importa?

PP: Yo soy un escritor argentino que vive en España y que también lee a sus coetáneos españoles y con particular placer a autores como Enrique Vila-Matas, Marcos Giralt Torrente, Javier Calvo, Mercedes Cebrián y otros.

Ah, y eso no importa, por supuesto.

SRG: Hablas del presente de la literatura, pero este presente vive siempre mirando hacia la mesa de novedades. La literatura ha entrado de lleno en el mercado: lo único que existe es lo último. ¿Cómo se escribe desde el presente sin parecer rotundo o positivo (esto es lo nuevo, aquí lo que he escrito, esta es mi última obra), sino desde la duda, la pregunta y el malestar?

PP: Por supuesto, si respondiese a esto sería rotundo y positivo, y esto es algo que evito deliberadamente.

 

*Las imágenes pertenecen a Ángel de Antonio (ABC)